Esto se los quería contar de hace mucho.

Lo recuerdo bien. Fue el mismo día de mi encuentro con la ardilla (ver mi encuentro con la ardilla). En el chamizal, el parque ese, decidimos, mi novio y yo, que nos haríamos unas carnitas asadas.

Nos establecimos en una mesa que tenía un asador a un ladito y vacíamos en él algunos cachitos de carbón -que tenían una curisa forma de winny, osease de cilindro, pero hueco-. Le metimos palitos y papel, y le pusimos un cerillito. Teníamos que hacerlo así porque yo no quise comprar fogatol (la cosa esa que parece gasolina pero no es y que se usa par empezar el fuego en casos como este).

El papel y los palitos que le pusimos se prendieron y se quemaron rápidos y furiosos. Pero el carbon nomás no, ni siquiera se ponía rojito. Más palitos y más papel, hasta cerillos le metí -sólo por diversión pues hacían un ruidito y prendían mucho cuando se quemaban-. Y nada. Méndigo carbón hijo de su pinflois, parecía de piedra.

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Mi morrito agarró un plato desechable y le empezó a hacer aire al carbón, yo hice lo mismo pero como tengo fuerza de joto me cansé y me senté un ratito mientras le hechaba porras a mi novio. A él le temblaban los brazitos de lo cansado, se estuvo ahí aleteandole un buen rato, a veces me paraba y le ayudaba.

El viento comenzó a soplar cruelmente, amenazando con corrernos a polvaderas de el chamizal. Luego se calmó, porque vió que no estaba yo de humor para aguanterle sus gracias.

A esas alturas se empezó a poner rojito el carbonsucho. Mi novio, que era incanzable y fuerte, seguía en su tarea de avivar el fuego con determinación. Una llamita empezó a asomarse tímidamente dándonos una brisnita de esperanza.

En fin, después de todo el carbón agarro pero a todo dar, bien machincuepas, supercalifragilístico. Y con mi sazón en la preparación de las chuletas disfrutamos de unas carnitas asadas de primera calidad.

En esas fotos que les comparto aparece la cabezota esa arqueológica que no nos dimos cuenta cuando llegó, debe haber sido el viento que la trajo. O le dió hambre.

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Todo comenzó en una cálida -o más bien calurosa- mañana. Ese día mi novio y yo habiamos quedado de vernos para irnos a el chamizal (un parque con arbolitos y cosas asi) a asar unas carnitas y pasar un tiempo juntos.

Total que me levanté tarde, se me hizo tarde, se me olvidaron unas cosas, pero después de muchos detalles que me voy a ahorrar escribir llegamos al chami. Dimos unas vueltas en el carro para buscar un buen lugarcito y lo encontramos, así que era hora de bajar las cosas para establecernos.

Primero se bajó mi novio con unas cosas y se las llevó hasta la mesa. Luego yo me bajé con algunas bolsas para seguirlo. Antes de cruzar la banqueta que me separaba de mi carro y el sacatito (pasto) vi que algo se movió entre las raíces torcidas de un árbol.
Se me hizo extraño y puse atención, y vi que había un oyo debajo de una de las raíces y del agujero se asomaba la cabecita de una ardilla. Muy simpática por cierto.

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Como loquita le grité a mi morrito, “amoooor, ven, mira, mira, mira…”. Y él, rápido y veloz llegó hasta donde estaba yo. Nos agachabamos y nos retirabamos poquito para que la ardilla no nos pudiera ver y se tuviera que salir más de su guarida. Así fué hasta que se salió por completo, hasta parecia que la divertíamos. Le tomamos un par de fotos con mi celular. Les compartiré la que se ve mejor. En algunas parecía que posaba la ardillita, se dejó tomar muchas fotillos pero al final como que se fastidió y decidimos dejarla en paz.